sábado, 17 de noviembre de 2018


Amante en calma
Capitulo  17

Flashback
Karehn Red’S

— Hoy tenemos un menú completamente nuevo. Ya verás mi pequeña, está de rechupete.

La sonrisa sobre mi rostro se extendía de oreja a oreja. Siempre desde que tengo memoria he visto la espalda de mi padre, moviéndose en la cocina de aquí para allá a la hora de la primera comida. Buscando en las gavetas, cajones, la alacena y el refrigerador.
Una caja de leche fresca o yogurt sobre la encimera, al lado, una caja de frootloops, Choco krispis o zucaritas y una canasta con frutas.
Banano, fresas o uvas.
Siempre buscando una nueva “receta”’ aunque los ingredientes sean básicamente los mismos.

Esas grandes y fuertes manos que estaban acostumbradas al trabajo duro en la forja de metal para la creación de esas bellas y clásicas armas, estaban manejando un pequeño cuchillo de cocina en una mano y en la otra frescas fresas grandes y rojas que eran tajadas sobre un tazón de leche. Y! Aquí tenemos los últimos pasos.
Tomaba la caja de Kellogg’s y vertía una buena cantidad, revolviendo y mezclando, una pequeña probada y el “mmmmm, esto realmente sabe delicioso” como paso final de aprobación.
Paso a seguir lavar sus manos, arreglar el desorden colocando todo en su sitio, limpiando y dejando todo como si nunca hubiese estado allí.
Una sonrisa llena de sinceridad, tierna, cálida y llena de amor junto a unos ojos caramelos que brillaban en un rostro bondadoso se acercaban levantando los tazones de un “muy nutritivo desayuno”, como así lo llamaba. Lo divertido y realmente especial era que fuera desayuno, almuerzo, cena o merienda, siempre era el menú cuando estábamos solos, por qué era lo único que sabía cocinar e inventaba toda clase de historias fantásticas cuando cambiaba la fruta que nadaba entre la leche y las hojuelas azucaradas.

El gigante que cansado de dormir entre las nubes bajaba en las noches como ladron y devoraba todos los bananos antes de volver a su hogar, era su historia cuando la fruta brillaba por su ausencia en el tazón.
O los incontables días en que Los Ángeles tenían horas libres y viajaban a la tierra, deteniéndose en los árboles donde las mejores y más riquísimas fresas colgaban llamándolos para ser consumidas en su totalidad.

— Nosotros tenemos estas frutas los 365 días del año verdad? Que las comportamos con un gigante dormilón y unos ángeles pícaros de vez en cuando no nos dañará.
Eran sus palabras tal final de cada mágica historia.
— Vamos pequeña come antes de que se enfríe.

Años atrás cuando tenia 4 tal vez, apuraba la primera Cucharada para probarla, mi rostro se contraía cuando fruncía mis cejas pensando, buscando una respuesta para saber por qué si acabado de poner el tazón frente a mi ya estaba frío.
— Ves? Ya se enfrió.
Y el eco de su gran carcajada hacía eco en la cocina. Me tomaba segundos repasar todo para darme cuenta que nunca había calentado la leche por eso siempre estaba frío.
Después de 20 años ese pequeño truco era solo un chiste antes de comer.

El desayuno continuaba entre risas y bromas contando las actividades de ambos para ese día.
Una mirada al reloj sobre mi muñeca y sabía que el tiempo se me acababa.
— Hoy tengo clases pa’ volveré a tiempo para ayudarte en el taller, no empieces sin mi.

El taller. Era un espacio subterráneo bajo el cobertizo donde se guardaban los “checheres” como los llamaba mi Madre.
Una pequeña puertilla de madera sobre el piso daba a unos escalones, al final llegabas a una enorme habitación construida en piedra caliza y bloques de robles. Bancos metálicos distribuidos por todo el lugar. Una colección de utensilios de hierro entre ellos pinzas y martillos de todos los tamaños colgaban de las paredes. Al fondo una especie de chimenea quemaba montones de trozos de madera manteniendo viva las llamas que eran la principal fuente para forjar los diferentes metales.

Al otro lado el espacio de mamá. Totalmente diferente, más femenino. Ella era la encargada de plasmar su arte de tallado en el mango de cada arma. Su mente volaba al igual que sus manos dibujando animales de casa, salvajes, flores, personas, Dioses de la mitología, tribales y cualquier imagen que viniera a su mente. daba los retoques finales y empacaba las preciosas pistolas en sus estuches de madera, lacados y brillantes. Sobre una acolchada tela de gamuza, terciopelo o seda. Y así quedaban listos para que los doggen las transportaran a las tiendas que se ubicaban en el centro de la ciudad.

Mi tiempo después de las clases en el instituto estaba consagrado a este lugar. La mitad del tiempo al lado de mi padre como “auxiliar de forjado” con un delantal de cuero medio pesado y guantes gruesos hasta el codo para evitar quemaduras. Mis ojos no perdían detalle de cada paso, miraba con hambre de aprendizaje. Mi padre siempre buscaba e implementaba las últimas técnicas de forjado y nuevos modelos que obtenía de un contacto que vivía en el “viejo país” como siempre lo llamaba. Pero, fuera cuál fuera la técnica las armas seguían siendo las más hermosas y nunca perdían su estilo clásico y lujoso, por ese motivo eran tan deseadas por los miembros de la Glymera.

La otra mitad del tiempo me sentaba al lado de mi madre. Miraba sus pequeños punzones de diferentes puntas y tamaños. Sus manos suaves y delicadas eran perfectas para estos tallados. Con su cabello caoba oscuro siempre recogido en una coleta alta, un pequeño delantal beis de tela suave y sus manos desnudas de cualquier tipo de joyas se sentaba y empezaba su arte. Paso a paso se detenía y me explicaba paciente y alegre lo que hacía y lo próximo en su plan para tener un arma magnífica. Su anillo de bodas brillaba con la tenue luz, por qué si, al ser humana y así mi padre fuera un macho de la raza ella pidió tener una boda en una iglesia, con un gran vestido blanco y pomposo, boda que mi padre celebró como fiesta patria solo para verla sonreír.

Al final tomaba mi cámara y captaba cada ángulo de las hermosas piezas en su estuche. Estas fotos iban a un álbum que estaba en nuestro ático, donde mi padre diseñó un espacio con vitrinas y estantes para las armas más especiales, forjadas por el mismo y otras adquiridas en subastas. Armas antiguas, grabadas con piedras preciosas y oro, eran las más buscadas y sus preferidas.
Todo un museo sobre tu cabeza.
Allí mi madre agregó algunos cuadros de época y flores para que el lugar mantuviera un aroma especial. Y yo aporte un mural con toda clase de fotos, de las armas, mi padre al lado del fuego con sus gafas transparentes de protección, golpeando el metal hasta doblegarlo, sonriendo cada vez que me veía a su espalda enfoncando el lente. Fotos de mi madre concentrada, dibujando en su cuaderno sus ideas, y su mirada noble cuando entregaba las cajas terminadas. Fotos de los demás trabajadores del lugar y los doggen’s, fotos mias haciendo toda clase de muecas y hasta fotos de todos juntos posando y diciendo “Whiskey”.

— Hoy tengo algo nuevo que quiero probar, mi contacto en el viejo país me envío información muy interesante. Te espero pequeña. Ve, corre llagarás tarde.

Tome los libros entre mis brazos y con un beso de mi padre en mi frente y esa cálida sonrisa llena de amor me despedí como un día normal... nada me dijo que ese día sería el último que recibiría el amor de mis padres. Nadie me dijo que esa noche los mayores enemigos de la raza atacarían cada casa de los miembros de la Glymera matando a todos los que se encontraban en su interior. Saqueando joyas, cuadros valiosos, cajas fuertes, dinero muebles y todo lo que tuviera valor formando una masacre, arrasando y destruyendo familias enteras.
Mientras yo estaba sentada en mi pupitre con el profesor escribiendo en en tablero de acrílico blanco, mis padres eran torturados de manera brutal respirando su último aliento entre jadeos llenos de sangre y lágrimas. Mi madre encontrada con múltiples desgarros sobre su cuerpo, heridas como puñaladas profundas por donde la sangre brotó a borbotones tomando su vida en segundos. Y mi padre... llevado a la parte trasera de la casa, amarrado a un palenque de madera que usaba para entrenarse, fue dejado inconsciente hasta el amanecer, donde el sol sin ninguna piedad lo convirtió en cenizas.
Cenizas que recibí de mi tío quien en un pequeño cofre color negro mate, reunió lo poco que pudo la noche siguiente, para ponerlo en el interior y después entre mis temblorosas manos cuando me daba la única noticia que destruyó mi vida en solo unos pocos segundos.

No hubo tiempo para devolverme y abrazar fuerte de nuevo a mi padre o besar la mejilla de mi madre o solo levantar la mano y sacudirla en despedida. No, no hubo tiempo de mirar atrás porque el destino estaba escrito y el Tic tac del reloj me apuraba para llegar a tiempo a mis clases.

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