Amante en calma
Capitulo 17
Flashback
Karehn Red’S
— Hoy
tenemos un menú completamente nuevo. Ya verás mi pequeña, está de rechupete.
La sonrisa
sobre mi rostro se extendía de oreja a oreja. Siempre desde que tengo memoria
he visto la espalda de mi padre, moviéndose en la cocina de aquí para allá a la
hora de la primera comida. Buscando en las gavetas, cajones, la alacena y el
refrigerador.
Una caja de
leche fresca o yogurt sobre la encimera, al lado, una caja de frootloops, Choco
krispis o zucaritas y una canasta con frutas.
Banano,
fresas o uvas.
Siempre
buscando una nueva “receta”’ aunque los ingredientes sean básicamente los
mismos.
Esas grandes
y fuertes manos que estaban acostumbradas al trabajo duro en la forja de metal
para la creación de esas bellas y clásicas armas, estaban manejando un pequeño
cuchillo de cocina en una mano y en la otra frescas fresas grandes y rojas que
eran tajadas sobre un tazón de leche. Y! Aquí tenemos los últimos pasos.
Tomaba la
caja de Kellogg’s y vertía una buena cantidad, revolviendo y mezclando, una
pequeña probada y el “mmmmm, esto realmente sabe delicioso” como paso final de
aprobación.
Paso a seguir
lavar sus manos, arreglar el desorden colocando todo en su sitio, limpiando y
dejando todo como si nunca hubiese estado allí.
Una sonrisa
llena de sinceridad, tierna, cálida y llena de amor junto a unos ojos caramelos
que brillaban en un rostro bondadoso se acercaban levantando los tazones de un
“muy nutritivo desayuno”, como así lo llamaba. Lo divertido y realmente
especial era que fuera desayuno, almuerzo, cena o merienda, siempre era el menú
cuando estábamos solos, por qué era lo único que sabía cocinar e inventaba toda
clase de historias fantásticas cuando cambiaba la fruta que nadaba entre la
leche y las hojuelas azucaradas.
El gigante
que cansado de dormir entre las nubes bajaba en las noches como ladron y
devoraba todos los bananos antes de volver a su hogar, era su historia cuando
la fruta brillaba por su ausencia en el tazón.
O los
incontables días en que Los Ángeles tenían horas libres y viajaban a la tierra,
deteniéndose en los árboles donde las mejores y más riquísimas fresas colgaban
llamándolos para ser consumidas en su totalidad.
— Nosotros
tenemos estas frutas los 365 días del año verdad? Que las comportamos con un
gigante dormilón y unos ángeles pícaros de vez en cuando no nos dañará.
Eran sus
palabras tal final de cada mágica historia.
— Vamos
pequeña come antes de que se enfríe.
Años atrás
cuando tenia 4 tal vez, apuraba la primera Cucharada para probarla, mi rostro
se contraía cuando fruncía mis cejas pensando, buscando una respuesta para
saber por qué si acabado de poner el tazón frente a mi ya estaba frío.
— Ves? Ya se
enfrió.
Y el eco de
su gran carcajada hacía eco en la cocina. Me tomaba segundos repasar todo para
darme cuenta que nunca había calentado la leche por eso siempre estaba frío.
Después de
20 años ese pequeño truco era solo un chiste antes de comer.
El desayuno
continuaba entre risas y bromas contando las actividades de ambos para ese día.
Una mirada
al reloj sobre mi muñeca y sabía que el tiempo se me acababa.
— Hoy tengo
clases pa’ volveré a tiempo para ayudarte en el taller, no empieces sin mi.
El taller.
Era un espacio subterráneo bajo el cobertizo donde se guardaban los “checheres”
como los llamaba mi Madre.
Una pequeña
puertilla de madera sobre el piso daba a unos escalones, al final llegabas a
una enorme habitación construida en piedra caliza y bloques de robles. Bancos
metálicos distribuidos por todo el lugar. Una colección de utensilios de hierro
entre ellos pinzas y martillos de todos los tamaños colgaban de las paredes. Al
fondo una especie de chimenea quemaba montones de trozos de madera manteniendo
viva las llamas que eran la principal fuente para forjar los diferentes
metales.
Al otro lado
el espacio de mamá. Totalmente diferente, más femenino. Ella era la encargada
de plasmar su arte de tallado en el mango de cada arma. Su mente volaba al
igual que sus manos dibujando animales de casa, salvajes, flores, personas,
Dioses de la mitología, tribales y cualquier imagen que viniera a su mente.
daba los retoques finales y empacaba las preciosas pistolas en sus estuches de
madera, lacados y brillantes. Sobre una acolchada tela de gamuza, terciopelo o
seda. Y así quedaban listos para que los doggen las transportaran a las tiendas
que se ubicaban en el centro de la ciudad.
Mi tiempo
después de las clases en el instituto estaba consagrado a este lugar. La mitad
del tiempo al lado de mi padre como “auxiliar de forjado” con un delantal de cuero
medio pesado y guantes gruesos hasta el codo para evitar quemaduras. Mis ojos
no perdían detalle de cada paso, miraba con hambre de aprendizaje. Mi padre
siempre buscaba e implementaba las últimas técnicas de forjado y nuevos modelos
que obtenía de un contacto que vivía en el “viejo país” como siempre lo
llamaba. Pero, fuera cuál fuera la técnica las armas seguían siendo las más
hermosas y nunca perdían su estilo clásico y lujoso, por ese motivo eran tan
deseadas por los miembros de la Glymera.
La otra
mitad del tiempo me sentaba al lado de mi madre. Miraba sus pequeños punzones
de diferentes puntas y tamaños. Sus manos suaves y delicadas eran perfectas
para estos tallados. Con su cabello caoba oscuro siempre recogido en una coleta
alta, un pequeño delantal beis de tela suave y sus manos desnudas de cualquier
tipo de joyas se sentaba y empezaba su arte. Paso a paso se detenía y me
explicaba paciente y alegre lo que hacía y lo próximo en su plan para tener un
arma magnífica. Su anillo de bodas brillaba con la tenue luz, por qué si, al
ser humana y así mi padre fuera un macho de la raza ella pidió tener una boda
en una iglesia, con un gran vestido blanco y pomposo, boda que mi padre celebró
como fiesta patria solo para verla sonreír.
Al final
tomaba mi cámara y captaba cada ángulo de las hermosas piezas en su estuche.
Estas fotos iban a un álbum que estaba en nuestro ático, donde mi padre diseñó
un espacio con vitrinas y estantes para las armas más especiales, forjadas por
el mismo y otras adquiridas en subastas. Armas antiguas, grabadas con piedras
preciosas y oro, eran las más buscadas y sus preferidas.
Todo un
museo sobre tu cabeza.
Allí mi
madre agregó algunos cuadros de época y flores para que el lugar mantuviera un
aroma especial. Y yo aporte un mural con toda clase de fotos, de las armas, mi
padre al lado del fuego con sus gafas transparentes de protección, golpeando el
metal hasta doblegarlo, sonriendo cada vez que me veía a su espalda enfoncando
el lente. Fotos de mi madre concentrada, dibujando en su cuaderno sus ideas, y
su mirada noble cuando entregaba las cajas terminadas. Fotos de los demás
trabajadores del lugar y los doggen’s, fotos mias haciendo toda clase de muecas
y hasta fotos de todos juntos posando y diciendo “Whiskey”.
— Hoy tengo
algo nuevo que quiero probar, mi contacto en el viejo país me envío información
muy interesante. Te espero pequeña. Ve, corre llagarás tarde.
Tome los
libros entre mis brazos y con un beso de mi padre en mi frente y esa cálida
sonrisa llena de amor me despedí como un día normal... nada me dijo que ese día
sería el último que recibiría el amor de mis padres. Nadie me dijo que esa
noche los mayores enemigos de la raza atacarían cada casa de los miembros de la
Glymera matando a todos los que se encontraban en su interior. Saqueando joyas,
cuadros valiosos, cajas fuertes, dinero muebles y todo lo que tuviera valor
formando una masacre, arrasando y destruyendo familias enteras.
Mientras yo
estaba sentada en mi pupitre con el profesor escribiendo en en tablero de acrílico
blanco, mis padres eran torturados de manera brutal respirando su último
aliento entre jadeos llenos de sangre y lágrimas. Mi madre encontrada con
múltiples desgarros sobre su cuerpo, heridas como puñaladas profundas por donde
la sangre brotó a borbotones tomando su vida en segundos. Y mi padre... llevado
a la parte trasera de la casa, amarrado a un palenque de madera que usaba para
entrenarse, fue dejado inconsciente hasta el amanecer, donde el sol sin ninguna
piedad lo convirtió en cenizas.
Cenizas que
recibí de mi tío quien en un pequeño cofre color negro mate, reunió lo poco que
pudo la noche siguiente, para ponerlo en el interior y después entre mis
temblorosas manos cuando me daba la única noticia que destruyó mi vida en solo
unos pocos segundos.

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